El entusiasmo por la IA bajo la lupa

Cuando la valoración supera la aplicación real: riesgos y oportunidades

Mientras la inteligencia artificial se consolida como una de las tecnologías más influyentes de la década, diversas voces advierten que el entusiasmo financiero ha superado la aplicación práctica. Alejandro Montoya Segura, experto en marketing e Inteligencia Artificial (IA), analiza los riesgos, oportunidades y desafíos que enfrentan las empresas, especialmente en economías emergentes como Guatemala.

En pocos años, la IA pasó de ser una innovación técnica para convertirse en una etiqueta comercial. Para Montoya, el escenario actual recuerda la burbuja tecnológica de finales de los noventa, cuando bastaba añadir “.com” al nombre de una empresa para elevar su valoración en bolsa.

Hoy ocurre algo similar. Startups de sectores tradicionales se presentan como “empresas de IA” por incorporar un chatbot básico en sus operaciones. “Existe una burbuja de valoración alimentada por la promesa de una Inteligencia Artificial General que aún no existe”, sostiene Montoya. La tecnología tiene bases reales y aplicaciones productivas, pero el entusiasmo financiero supera ampliamente su implementación efectiva en las organizaciones.

Una de las principales alertas es la subutilización de herramientas costosas. Algunas compañías invierten millones en infraestructura avanzada y la aplican a tareas de bajo impacto, como la redacción de correos internos, sin transformar procesos estratégicos, ni generar ventajas competitivas.

A esto se suma un discurso de marketing desmedido. Cuando se afirma que la IA “eliminará la necesidad de gerentes” o “resolverá problemas estructurales de la humanidad”, la narrativa se aleja de la planificación empresarial rigurosa. Otro indicador de fragilidad es la concentración del optimismo financiero en pocas compañías proveedoras de hardware, lo que revela un ecosistema dependiente de expectativas más que de resultados comprobados.

Entre las promesas más exageradas destaca la idea de una IA completamente objetiva. Montoya advierte que estos sistemas no son oráculos infalibles, sino reflejos matemáticos entrenados con datos que suelen contener sesgos e información incompleta.

“La visión estratégica no puede ser reemplazada por una máquina”, afirma el también CEO de VEA Producciones. La creencia de que la IA puede sustituir al liderazgo humano pertenece, por ahora, al terreno de la especulación. La tecnología no distingue entre lo correcto y lo incorrecto: responde a patrones aprendidos. Si el entrenamiento es deficiente, las decisiones también lo serán.

Otras expectativas sobredimensionadas incluyen la autonomía total sin supervisión humana, la implementación inmediata con resultados en días, la sustitución masiva de empleos y la idea de que la IA “comprende” lo que hace.

Datos internacionales refuerzan esta cautela. Un informe de McKinsey & Company, aunque más del 55 % de las empresas experimenta con inteligencia artificial, pero solo una minoría ha generado valor económico sostenible. Asimismo, la OCDE advierte que la mayoría de los proyectos de adopción tecnológica fracasan por la falta de estrategia, gobernanza y capacitación del talento humano. Por su parte, el Banco Mundial indica que las economías emergentes enfrentan mayores riesgos adoptan tecnologías avanzadas sin consolidar su infraestructura digital básica, lo que amplía la brecha entre expectativa y productividad real.

Adoptar soluciones de IA sin comprensión real de su funcionamiento implica riesgos relevantes. El primero es la pérdida de control y la exposición legal. Las empresas que usan modelos como una “caja negra” se arriesgan a filtraciones de información confidencial y a errores que pueden afectar la confianza del cliente.

También existen riesgos de dependencia tecnológica, vulnerabilidad de seguridad y consecuencias no previstas en los procesos internos. Una implementación diferente puede erosionar en semanas la reputación construida durante años.

No obstante, algunos sectores ya muestran resultados tangibles. La medicina, la ciberseguridad y la manufactura, en especial el mantenimiento predictivo, registran avances concretos. En contraste, áreas como el retail y el marketing suelen utilizar la IA como elemento de imagen sin mejoras sustanciales en la experiencia del usuario.

Para Montoya, la evidencia es clara: la IA genera mayor valor cuando resuelve problemas técnicos específicos y medibles, no cuando se emplea como recurso cosmético.

En Guatemala y Centroamérica, el impacto de esa burbuja resulta más delicado. Las pequeñas y medianas empresas operan con presupuestos limitados, por lo que una inversión mal alineada con su realidad representa un alto costo de oportunidad.

“En muchos casos sería más productivo invertir en digitalización básica que en sistemas complejos de inteligencia artificial”, explica el experto. Sin retorno claro, la IA se convierte en un gasto recurrente en servidores, soporte y consumo de recursos, sin mejoras reales en productividad o ventas.

Frente a la automatización, las habilidades humanas mayor relevancia. El pensamiento crítico constituye la principal defensa ante la dependencia tecnológica. No basta con obtener resultados de un sistema; es imprescindible evaluarlos y corregirlos.

La empatía y la negociación siguen fuera del alcance de los algoritmos. Una IA puede redactar un contrato, pero no comprende la historia, ni las emociones que sostiene una relación comercial de largo plazo.

Desde una perspectiva social, la adopción irresponsable puede generar desplazamiento laboral sin programas de reentrenamiento. El riesgo no radica en la inteligencia de las máquinas, sino la falta de preparación de las personas para convivir profesionalmente con ellas.

La historia de la tecnología demuestra que toda burbuja deja lecciones. La inteligencia artificial no será la excepción. El verdadero desafío para las empresas y universidades no es decidir si usarla, sino cómo hacerlo con criterio, ética y propósito.

En un entorno donde la moda tecnológica avanza más rápido que la reflexión estratégica, la inteligencia humana -capaz de evaluar, cuestionar y orientar- continúa como el principal activo. La IA no reemplazará a los líderes, pondrá a prueba su capacidad de discernir entre innovación real y simple ilusión de progreso. Quienes comprendan esa diferencia no solo superarán al fin el ciclo de entusiasmo actual, sino que construirán ventajas competitivas sostenibles en la economía digital que ya se consolida.

José Manuel Monroy Cruz
Licenciado en Publicidad
Colaborador de Revista GERENCIA
editorialgerencia@agg.com.gt

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