Perspectivas 2026: estabilidad macroeconómica en un reacomodo global
Crecimiento mundial moderado en un sistema internacional fragmentado
El año 2026 no se perfila como un período de crisis económica global, pero tampoco como un momento de crecimiento sostenido. Las proyecciones más recientes estiman que la economía mundial crecerá alrededor de 3.3% en 2026 y 3.2% en 2027, cifras similares a las observadas en 2025 (FMI, 2026). Este ritmo se ubica ligeramente por debajo del promedio prepandemia, lo que sugiere una expansión más contenida y heterogénea entre regiones.

Las economías avanzadas crecerán por debajo del promedio mundial, afectadas por políticas monetarias aún restrictivas y altos niveles de deuda, mientras que varias economías emergentes de Asia mantendrán tasas superiores al promedio. América Latina, en cambio, continuará mostrando un crecimiento moderado en comparación con Asia, lo que refleja limitaciones estructurales persistentes.
La inflación global continúa moderándose después del ciclo inflacionario postpandemia, aunque todavía persisten riesgos asociados a tensiones energéticas, conflictos regionales, ajustes monetarios en economías avanzadas y la reconfiguración de cadenas productivas.
En términos agregados, el mundo no está entrando en recesión. Para 2026, más que centrar el análisis en las tasas de crecimiento, resulta fundamental observar el contexto institucional y geopolítico en el que ese crecimiento ocurre. La economía global atraviesa una transición desde un sistema donde predominaban marcos multilaterales relativamente estables hacia un entorno más fragmentado, en el que la competencia entre potencias vuelve a ocupar un lugar central.
Durante más de tres décadas, la globalización se apoyó en reglas previsibles, cadenas globales de valor y un consenso relativamente amplio en torno a la apertura comercial. Ese entorno permitió a economías emergentes integrarse a procesos productivos internacionales con certidumbre regulatoria y expectativas claras de acceso a mercados. Hoy, ese consenso se ha debilitado. La política comercial ha regresado como instrumento estratégico a través del cual las principales potencias condicionan acceso a mercados, tecnología, financiamiento y materias primas críticas.
Estados Unidos, China y la Unión Europea están interviniendo más activamente en sus economías. Lo hacen mediante subsidios a industrias estratégicas, restricciones al acceso a tecnología sensible y políticas para atraer de vuelta ciertas actividades productivas. Este giro marca una diferencia importante frente a las décadas anteriores, cuando predominaba una mayor apertura comercial y menor intervención estatal. Hoy las decisiones económicas ya no responden únicamente a costos o eficiencia, sino también a consideraciones de seguridad nacional, reducción de riesgos y posicionamiento estratégico frente a otras potencias.
La rivalidad entre Estados Unidos y China se extiende a tecnología avanzada, semiconductores, inteligencia artificial, minerales críticos, energía e infraestructura digital. La economía y la geopolítica operan hoy de manera más integrada, lo que condiciona comercio, financiamiento y acceso a innovación
A ello se suma un entorno financiero más exigente. Las tasas de interés globales permanecen en niveles superiores a los observados en la década previa, mientras la deuda pública y privada continúa elevada en varias economías. Esto encarce el financiamiento y vuelve más selectivos los flujos hacia mercados emergentes. La asignación de capital se ha vuelto más sensible a estabilidad institucional, riesgo político y credibilidad macroeconómica.
En este contexto surge el llamado friendshoring: trasladar la producción hacia países considerados políticamente confiables. El comercio internacional no desaparece, pero se reorganiza. Las cadenas de suministro tienden a concentrarse en jurisdicciones que ofrecen previsibilidad jurídica, infraestructura eficiente y coherencia estratégica.
Más que un colapso económico, 2026 marca una etapa de reordenamiento estructural bajo mayor competencia entre bloques.
América Latina en el nuevo tablero geopolítico
En 2025, América Latina registró una recuperación comercial relevante: las exportaciones regionales crecieron 6.4%, tras un aumento de 4.7% en 2024 (BID, 2026). Parte de este repunte respondió a mayores volúmenes exportados y a la mejora en los precios de algunas materias primas, especialmente en sectores vinculados a energía, minería y productos agroindustriales.
Sin embargo, el desempeño es heterogéneo. Países andinos con fuerte presencia en cobre y minerales críticos se benefician de la transición energética; Brasil capitaliza su escala industrial y agroexportadora; México se posiciona como principal receptor de relocalización manufacturera vinculada al mercado estadounidense. Centroamérica, por su parte, mantiene ventajas logísticas por proximidad, pero compite en un entorno cada vez más exigente en estándares regulatorios y cumplimiento.
China se ha convertido en socio comercial dominante en varios países sudamericanos y ha ampliado su presencia infraestructura estratégica. Al mismo tiempo, Estados Unidos ha reforzado su interés en el hemisferio en temas de seguridad, migración, cadenas de suministro e infraestructura crítica.
La región opera en un entorno de competencia estratégica simultánea. El debate alrededor del Canal de Panamá, los corredores logísticos, la ampliación portuaria y los proyectos de infraestructura multimodal en Centroamérica reflejan esta nueva realidad.
El comercio es evaluado crecientemente bajo criterios de seguridad económica. La revisión de acuerdos, la imposición selectiva de aranceles y las restricciones tecnológicas responden no solo a consideraciones comerciales, sino geopolíticas.
En este escenario, América Latina no solo compite por atraer capital, sino por credibilidad institucional, estabilidad macroeconómica y claridad regulatoria. La región que logre traducir estabilidad en ejecución de proyectos estratégicos será la que capture mayor inversión en la nueva etapa de reorganización productiva.
Para economías abiertas y dependientes de mercados externos como la guatemalteca, este escenario exige fortalecer condiciones internas. Competir en un mundo más selectivo requiere acceso a mercados, pero también confianza institucional, estabilidad normativa y capacidad logística competitiva.
Aprovechar la oportunidad que abre el friendshoring requiere decisiones estratégicas a nivel país. No se trata únicamente de estar cerca de los mercados relevantes, sino de posicionarse como un socio confiable en un entorno internacional cada vez más selectivo.
En el nuevo contexto, las cadenas de suministro tienden a concentrarse en países que ofrecen estabilidad política, coherencia institucional y un alineamiento estratégico claro. Estar preparados implica fortalecer la infraestructura logística, consolidar un sistema de justicia eficaz, mantener relaciones comerciales estables y proyectar consistencia en la política económica. La ventana de oportunidad puede abrirse en momentos específicos; la diferencia radicará en qué tan preparado esté el país para aprovecharla.

Guatemala y su usual estabilidad macroeconómica
En este entorno más complejo, Guatemala mantiene estabilidad macroeconómica. La economía creció 4.1% en 2025 y el Banco de Guatemala proyecta para 2026 un rango de crecimiento entre 3.1% y 5.1%. La inflación cerró 2025 en niveles históricamente bajos y comenzó 2026 por debajo del 1% interanual. El país no enfrenta presiones cambiarias relevantes y conserva un nivel de endeudamiento público moderado en comparación regional.
No obstante, el crecimiento reciente ha estado fuertemente influenciado por factores externos. En 2025, las remesas alcanzaron aproximadamente US$25,530 millones, equivalentes al 20.7% del PIB. Este flujo impulsó consumo, construcción y servicios, pero también evidencia dependencia estructural de condiciones económicas y migratorias de Estados Unidos.
Reducir esa vulnerabilidad exige ampliar la base productiva interna. Guatemala tiene tres áreas concretas en las que puede posicionarse estratégicamente en el nuevo entorno de reorganización productiva:
- Manufactura ligera vinculada a cadenas norteamericanas
Sectores como vestuario técnico, dispositivos médicos básicos, ensamblaje eléctrico y agroindustria procesada pueden integrarse en esquemas de nearshoring orientados al mercado estadounidense. Para ello, es prioritario reducir tiempos aduaneros, digitalizar trámites y garantizar estabilidad contractual en zonas industriales. - Plataforma logística regional
La modernización portuaria, la ampliación de infraestructura vial hacia el Atlántico y el Pacífico y la simplificación de procesos en puertos y aduanas podrían convertir al país en nodo eficiente para Centroamérica. La competitividad logística será determinante en un entorno donde las cadenas buscan resiliencia y tiempos de entrega más cortos. - Servicios empresariales y economía digital
El fortalecimiento del capital humano en programación, servicios contables, atención bilingüe y soporte técnico puede abrir espacio para exportación de servicios basados en conocimiento. Esto requiere inversión sostenida en educación técnica, certificaciones y conectividad digital.
Adicionalmente, tres reformas estructurales aumentarían significativamente la competitividad:
- Simplificación regulatoria y reducción de tiempos para apertura y operación empresarial.
- Seguridad jurídica consistente en materia contractual y resolución de disputas.
- Formalización progresiva mediante incentivos tributarios y simplificación administrativa para pequeñas empresas.
Sin avances en estos frentes, la estabilidad macroeconómica corre el riesgo de no traducirse en mayor productividad, ni empleo formal.
A ello se suma el capital humano como factor determinante para sostener el crecimiento en el largo plazo. Más allá de la estabilidad macroeconómica, el país necesita formar talento técnico, fortalecer habilidades digitales y crear condiciones que eleven la productividad. En un entorno donde la tecnología y el comercio avanzan de la mano, la inversión en educación y capacitación debe entenderse como una decisión estratégica orientada a fortalecer la competitividad y ampliar oportunidades.
De la estabilidad a la estrategia
Guatemala no enfrenta una crisis inmediata ni desequilibrios macroeconómicos evidentes. Sin embargo, el entorno internacional ha cambiado y continúa evolucionando hacia una competencia más estratégica, donde el acceso a mercados, capital y tecnología está condicionado por factores institucionales y geopolíticos.
El crecimiento reciente ha sido favorable, pero la sostenibilidad dependerá de diversificar motores productivos, elevar productividad y reducir la informalidad. En el nuevo escenario global, los países que capten inversión no serán necesariamente los de menor costo, sino los que ofrezcan mayor previsibilidad, ejecución eficiente de infraestructura y coherencia en política económica.
Para el sector privado, esto implica evaluar inversiones que consideren no solo demanda y precios, sino resiliencia de cadenas, estabilidad regulatoria y reputación institucional. Para el Estado, implica priorizar infraestructura estratégica, capital humano y reformas que reduzcan fricciones operativas.
La diferencia en 2026 no la marcará el crecimiento heredado, sino la capacidad de transformar estabilidad macroeconómica en expansión productiva sostenida. En un entorno internacional más competitivo y selectivo, anticiparse será más importante que reaccionar.
David Casasola
Investigador
Centro de Investigaciones
Económicas Nacionales (CIEN)
jdcasasola@cien.org.gt

















