Autoestima es hablarse con claridad a uno mismo

No se trata de aparentar bienestar, sino de estar en conciencia

Cada persona recibe estímulos desde su nacimiento por medio de palabras y gestos enmarcadas en un entorno social y cultural que valora más o menos, por ejemplo, el ser niño que el ser niña o el tener determinadas características. La autoestima se construye incluso de forma inconsciente, gracias a lo que se percibe, así como a las imágenes y pensamientos, es modificable, está conformada por tres componentes: cognitivo, conductual y afectivo, y está cruzada por realidades sociales, económicas y de género.

Comúnmente se asume que tener una autoestima saludable es estar bien en todo momento y además se cree que existe una sola autoestima. Ambas afirmaciones son falsas. El científico Valentín Fuster, editor jefe de la Revista del Colegio Americano de Cardiología, remarca la necesidad que hay de escuchar y llama la atención sobre la importancia que tiene lo que ocurre en la vida de las personas entre los tres y los seis años de vida porque es una etapa fundamental para la conducta como adultos “porque lo que se dice en esta etapa, se capta”.

Solange Dufourq, especialista en terapias de energía, confirma lo indicado “tú construyes la percepción de ti mismo con base en lo que se te dice”, lo que se valida, lo que se castiga, las comparaciones que se hacen, la invitación a ser diferente porque “no se es como los demás, como los hermanos, por ejemplo”. Hay una referencia a ser como un modelo establecido pero que al mismo tiempo es irreal: las niñas deben ser de cierta forma y los niños de otra, pero al confrontar la realidad ocurre que ni todas las niñas son de una forma ni los niños de otra, ninguna de las personas es la encarnación de un concepto teórico: bondad, maldad, emociones, éxito, habilidades, masculinidad, feminidad.

El problema puede ser mayor cuando se incluye entre los validadores de la persona y de su comportamiento, al concepto de Dios -“no eres como Dios quiere”- ya que cada persona posee una idea distinta de la divinidad, contaminada a su vez por la misma experiencia de vida con lo que tratar de cumplir con ese modelo resulta inalcanzable.

Otro de los fallos comunes es creer que una persona abusiva, un gritón, un acosador, un transa o un “bad boy” es una persona con una autoestima alta y saludable. Probablemente, apunta Dufourq es solo una fachada y es una persona que “ataca antes que lo ataquen a él”, o a ella que tiene miedo de quedar al descubierto lo cual hace que se viva en un estado permanente de estrés porque debe estar disimulando y aparentando todo el tiempo “para pertenecer”.

Un elemento importante para la construcción de una autoestima saludable es empezar por estar en “quietud y en silencio” indica Dufourq citando a Jeff Foster, una acción que parece imposible en la actualidad. Según Foster es importante estar en soledad y con uno mismo para que afloren situaciones difíciles para la persona.

Estar en silencio implica darse cuenta de que “no se sabe qué hacer” y es el primer paso para atreverse a sentir y para conocerse, saberse insuficiente, incapaz, incompetente o vulnerable.

Sin embargo, reconocer genera miedo porque se ha aprendido que “se debe triunfar en todos los aspectos de la vida”: carrera, negocios, relaciones. “Todo mundo está esperando que triunfes y cuando te enfrentas al fracaso, como no se sabe qué hacer se obvia, se encapsula y no se nombra”. No aceptar la propia vulnerabilidad alimenta el miedo y reconocerla hace que este disminuya. Reconocer las propias vulnerabilidades y capacidades es tomar una dosis de realidad. Lo irreal es creer que se debe y puede cumplir con todas las expectativas externas.

Quizá entre los descubrimientos del estar en quietud aparezca, indica Dufourq, la “vergüenza de tener una mala autoestima” y el suponer que “solo me pasa a mi”. Continuamente se reciben mensajes que apuntan a “amarse a sí misma, estar feliz, agradecido y no ser malagradecido con lo que se tiene”.

La terapeuta recomienda no entrar en el juego de buena y mala autoestima sino tomar conciencia sobre lo que le sirve o no a la persona para construirse en sus relaciones, en la salud, en la visión de felicidad. Otro de los elementos para construir una autoestima saludable es hablar bien de uno mismo, aunque socialmente esta es una acción mal vista y castigada.

Los mensajes transmitidos por las grandes instituciones educativas sociales, la familia, la iglesia y la escuela marcan la autoestima de las personas; sin embargo, ninguno de estos es determinante, aunque también es cierto que para modificar el sistema de creencias y desaprender, la persona debe realizar un trabajo personal a conciencia que puede incluir acompañamiento terapéutico.

Dufourq advierte que, la terapia debe considerarse como un proceso de cocreación y de diseño en donde se enfrentan los retos, los deseos y las reacciones, más que un taller en donde se “arregla lo que está roto” y, por lo tanto, la autoestima también puede rediseñarse.

La terapia, indica, puede ser un buen punto de inicio. “Es como cuando vas a cruzar una calle, primero debes darte cuenta dónde estás, por dónde quieres ir y a dónde quieres llegar” pero también debe tenerse en cuenta que no se obtienen resultados a la velocidad del “control remoto”, no son inmediatos sino hay que tomarse el tiempo. Fuster añade que, las personas adultas cambian de forma sostenible solo cuando tienen otras personas alrededor involucradas en el cambio, “la individualidad no ayuda al individuo”. El científico comparte cuatro elementos necesarios para alimentar la autoestima: contar con tiempo para reflexionar, descubrir cuál es el propio talento, transmitir optimismo y tener una tutoría de una persona en la cual se confíe.

Sin embargo hay casos en los cuales el proceso de reconstruir el autoestima puede ser más complejo, comenta Dufourq, como cuando hay abuso sexual o traumas porque son acciones que trastocan el ser humano y la “memoria energética”, y porque tocan la vergüenza que está a nivel más profundo, a nivel del ser y por lo tanto es más difícil de modificar por medio de distintas terapias energéticas que modifican los caminos neurológicos, hacen nuevas conexiones y  ayudan a borrar los aprendizajes que no sirven y a empezar un circuito que incluye en modificar la creencias, tomar acciones, identificar emociones y reacciones para finamente obtener una autoestima saludable y consciente en un mundo real y no utópico.

Fuster dice que, si una persona está más educada tiene más variables para moverse en la vida y, por lo tanto, puede dominar mejor a su entorno. Cuanto más se sabe, más se está en control de uno mismo y de lo que es adecuado para uno. Esto aunado a tener una actitud positiva, aceptarse, ser auténtico y ser una persona altruista, contribuye a mejorar la autoestima.

 

Roberto M. Samayoa O.
Colaborador
Revista GERENCIA
editorialgerencia@agg.com.gt

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